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El cojo de bagdad

Enoc Sánchez

enocsa_@hotmail.com

Hay inopinadas circunstancias que deciden la inmortalidad de un epíteto, éste se convierte un gran aporte a quien lo lleva. Es el caso del Manco de Lepanto, tal apodo lo mereció Cervantes por la pérdida de la mano en la batalla de Lepanto contra los moros. Tal reflexión me vino mientras conversaba con el cojo Manrique en un bar situado en Barcelona, la ciudad condal. Un puertorriqueño, poeta y escritor, quien quizás nunca conseguiría la relevancia del autor de Don Quijote. Me contó el puertorro que perdió la pierna durante la invasión a Bagdad, pertenecía a un contingente enviado por el gobierno de los EEUU para combatir el terrorismo y consolidar la democracia en el oriente medio. De ese combate, debido a las esquirlas de una granada, sólo le quedó una pierna menos, la afición a las drogas, la perdida de la novia, el desarraigo familiar, la separación de la patria y una profunda arrechera. Cuando regresó a su patria con una pierna descubrió que altos funcionarios del gobierno eran socios de empresas petroleras, otros accionistas de fábricas de armas, muchos de ellos hacían buenos negocios con los pertrechos de guerra vendidos al gobierno y ninguno de ellos tenía un hijo luchando en el campo de batalla. Después de tragarse el resto de un trago de vermut exclamó con furia.  – Al carajo el patriotismo, eso nunca me devolverá mi pierna –. Al cojo de Bagdad lo vi alejarse, renqueando, dado la prótesis que lo ayuda a superar la decepción. Evoqué durante su alejamiento las cinco mil víctimas norteamericanas y el millón de muertos iraquíes en una invasión fundamentada  en una  mentira  y la maldad de unos funcionarios.


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