Blog de notengodios

Dudas teológicas

Enoc Sánchez

enocsa_@hotmail.com

En una oportunidad salí a pasear con mi sobrina Selene,  ese día fue muy especial, dado los acontecimientos inesperados. Ambos, con una barquilla en la mano, caminamos hacia otro lugar de la plaza donde se exhibía una virgen. Como son tantas y como no soy lego en eso de la religiosidad desconocía el nombre y el apellido de la misma. Nos paramos, uno al lado del otro, disfrutando del manjar. Frente a la imagen estaba una niña de unos siete años mirando fijamente la escultura; la madre, con rostro de devota, la contemplaba con mirada hipnotizada. La progenitora de la chica se prosternó frente aquella, en oración de contrición por los pecados cometidos. Terminada la jaculatoria la niña con cara extrañada preguntó:

  – Mamá una pregunta ¿en el cielo hay una monarquía?

  Tanto la madre, Selena y yo, disfrutando de las barquillas, nos extrañamos de la interrogante. Aquella me miró en espera de mi ayuda y ante mi indiferencia, respondió.

  – Ay mi amor, qué preguntas son esas. El cielo es el cielo

  – Te lo preguntaba, porque la monja catequista nos dice que Dios es el Rey de los Cielos. Además, fíjate bien, la virgen tiene una capa y una corona como las reinas de los cuento de hadas.

  No solo la madre estaba extrañada, yo y supongo que Selene, deseábamos que la barquilla no se acabara para escuchar la próxima pregunta. Sabía que vendría otra.

  – Mamá, por qué la virgen es virgen si tuvo a Jesús y a sus hermanos. ¿Cómo me explicas su castidad? Después de nacer yo ¿tú seguiste siendo virgen?

  <<¡Demonios!>> pensé yo. Será que el celular o el Internet son los responsables del portento de esta niña. Reconocí el rubor de la madre y esta azorada respondió:

  – No sé mi amor, pregúntale esas cosas a tu monja doctrinaria para que te explique esas cosas tan complicadas. Yo de virgen no tengo ni el nombre, pues este no está registrado en el santoral.

  Cuando pensé  todo concluido en materia teológica y con el resto del piquito de la barquilla en la mano, escuché.

  – Mami, si aquí hay libertad de culto ¿por qué colocan una virgen en un lugar público? ¿Entonces podrán instalar también una estatua de Confucio o de Buda? Por vía Internet me enteré que en los colegios franceses prohibieron los crucifijos en los salones de clase.

  – Yo que sé mi amor, esa pregunta tendrás que dirigirla a la Asamblea Nacional o a la ONU. Yo ignoro ese tema.

  Ciertamente la pregunta era de gran interés y cuya respuesta debían darla las autoridades del país. Finalmente la chica sentenció:

  – Mamá tú eres una idolatra ¿no son así como se le llama a las personas que se arrodillan ante a los ídolos de yeso? Esa virgen parece estar hecha de ese material.

  Me zampé el pico de la barquilla por el gaznate, quedándome un agradable dulzón en el paladar y seguro, un sabor amargo en el de mi vecina, quien se conformó con responder: 

  – Vámonos a casa mi amor, le voy a decir a tu padre que no te deje viajar más por Internet. Me vas a volver loca con tus preguntas.

  Permanecí meditabundo por algún tiempo, porque vislumbraba que Selene no iba permanecer callada. En verdad no me equivoqué. Después de paladear la punta del cono de la barquilla, con una voz muy melindrosa, expresó:

  – Tío ¿Cómo se llaman a las mujeres casadas que tienen un hijo con un hombre que no es su marido?

No sabía si ese tema era propio de una niña de doce años, pero como el mundo cambiaba a pasos agigantados y yo, que de mojigato no tengo un pelo, le contesté:

  – Se le llaman infieles Selene.

  Sabía que luego de esta respuesta vendría alguna reflexión o una nueva pregunta. Esperé con resignación:

  – Entonces la virgen María fue una mujer infiel, pues estando casada con José tuvo a Jesús, un hijo de Dios.

Permanecí callado, no la contradije, con la seguridad que mis argumentos terrenales no explicarían el comportamiento libidinoso de un ser omnipotente.


Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: