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Las incongruencias de la vida

Enoc Sánchez

enocsa_@hotmail.com

En verdad, los niños, aparte de proporcionarnos grandes satisfacciones, en oportunidades nos maravillan con sus preguntas. Esto lo digo por una experiencia vivida en la cola de un cine cuando Selene, mi sobrina, y yo nos disponíamos a ver una película. Delante de nosotros estaba una joven señora con sus hijos, una  niña muy pizpereta y un varoncito indagador. El rato antes de entrar a disfrutar del espectáculo transcurrió de la siguiente manera: 

  – Mami ¿los ángeles son aves?

  – ¿Por qué preguntas esas cosas hijo? – respondió la madre con rostro perturbado y evidentemente extrañada.

  – Digo yo, si tienen alas deben volar como los pájaros.

  Internamente sonreí ante tal ocurrencia que no dejaba de tener sentido; observé Selene mostrando interés en la conversación ajena. Pero la hermanita no se quiso quedar atrás y sentenció:

  – Mami, los angelitos son unos enfermos, nunca crecen. Dime ¿los angelitos son hembra o varón? y si están en la Tierra ¿para qué necesitan alas?

  – Niña, deja los ángeles quietos y ocúpense de lo terrenal.

  Craso error, daba la impresión, según juzgué, los niños también tenían preocupaciones terrenales.

  – Mamá ¿por qué si la Educación trasforma a los hombres, hay médicos, abogados, ingenieros y profesores  delincuentes?

  No cabía duda, más terrenal no podía ser la pregunta.

  – Niño eso es un problema de la Justicia, no es mío y mucho menos tuyo.

  No podía creer lo que estaba hurgando en la conversación ajena. La niña, quien estaba atenta a las palabras de su hermano no quiso quedarse atrás.

  – Mamá, si los curas son castos ¿Por qué el padre Rodolfo abrasa fuertemente a las niñas de la secundaria y a nosotras, las de tercer grado,  ni nos mira?

  Parecía haberse establecido una competencia, el niño también aprovechó el momento:

  – Mami, España, la madre patria, fue una mamá maligna. Tan sólo una señora así mataría a sus  propios hijos, es decir,  a los indígenas. ¿No te parece?

  La pobre señora estaba al borde de la desesperación, sólo le quedó  exclamar:

  – Porque mejor se callan, no me atormenten con esas preguntas. Esas cosas son incongruencias de la vida.

  Como ya estábamos cerca de la taquilla me perdí de la continuación del interrogatorio. Fue entonces cuando adiviné que Selene tenía guardada lo suyo.

  – Tío ¿si Dios fue el padre de Jesús y lo quería tanto, por qué lo condenó a morir por los pecados ajenos mucho antes de nacer?

Ciertamente, al igual que la señora, ante una pregunta inesperada no tenía la respuesta a la mano, solo se me ocurrió decirle:

  – Quizás eso es parte de los misterios de la religión y por lo tanto no tienen explicación.

  Creí dar por terminado el interrogatorio, pero la curiosidad de los niños es más fuerte que el acero. La indagación infantil no paró.

  – Tío, ¿por qué, si los adultos tienen más experiencia y saben más que los niños, en algunas ocasiones no tienen respuestas a ciertas preguntas?

  En verdad, en el mundo ocurren cosas que a veces es difícil encontrarles una explicación racional. Preferí tomar para mí frases ajenas:

  – Selene, esas cosas forman parte las  incongruencias de la vida.


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