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Dios está descansando


Enoc Sánchez

enocsa_@hotmail.com

Algo que se siempre me ha movido la curiosidad es la cantidad de dioses y diosas que han existido en la humanidad a lo largo de toda la geografía planetaria. En algunos casos no solo adoraban a una sola deidad sino a varias de ellas, con el afán de apaciguar la ira de la naturaleza, les calmaran los dolores y las penas a sus feligreses.

Por ejemplo, podemos destacar en la mitología griega a Afrodita, Apolo. Ares, Helio, Hera, Hefesto, Zeus, Atenea, etc. Los dioses egipcios se repartían el trabajo entre varias divinidades: Anubis, Atum, Bast, Khepry, Mont, Osiris, entre tantos de los dedicados a las actividades piadosas. Los escandinavos no se quedaron atrás en la búsqueda de soluciones imposibles a través de los omnipotentes; podemos destacar a: Aegir, Baldur, Freya, Frigg, Thor,Odin. etc. El hinduismo tiene todopoderosos hasta para importar entre los cuales debo señalar: Agni, Brahma, Ganesh, Kali, Shiva, Vishnu, etc. Los chinos parecen ser poco espléndidos en eso de buscar a seres omnipotentes para que le solucionen sus dificultades, vale la pena incluir a Suzaku, Byakko, Gembu y Seiryu.  Los altares  finlandeses fueron profusos, en tales tabernáculos se les rendía culto a Ukko, Ruani, Tappio, Pekko, Ahti entre tantos retablos ante los cuales asistían los devotos para reverenciarlos. Me parece que los aztecas competían con los egipcios en eso de las deidades; numerosos fueron los dioses y diosas, con sus propios compromisos, a los cuales acudían los creyentes en la búsqueda de la que nunca encontraban, vale destacar Chiuacoalt, Huitzilopochtli, Mayahuel, Quetzálcoalt, Xochipilli, entre varios de difícil escritura en español y supongo, de difícil pronunciación. Parece que los guaraníes radicados en Paraguay, Brasil y Bolivia no fueron dados a buscar divinidades, solo encontré a Abbangui y a Jurupari. Los yorubas, de la cultura negra africana tienen muchos fieles que le rezan a numerosas deidades;  puedo señalar a: Aja, Ashu, Oba, Odudua, Chango, Yemayá; varios de ellos  fueron trasladados a los pueblos caribeños y suramericanos. Imposible seguir enumerando los diferentes dioses y diosas que colmaron las diversas culturas religiosas de innumerables pueblos del planeta, con la finalidad de calmar la ira de la naturaleza y curar las enfermedades que arrasaban con la población.

Cuando el mundo occidental se hizo monoteísta fueron desaparecieron una gran parte de los dioses conocidos y solamente predominaron tres nombres: Alá para la religión musulmana, Yahvé o Jehová para la religión judía y simplemente Dios para los cristianos. Se dice que son las tres religiones modernas y  dejan de lado el hinduismo, el confusionismo, el budismo y el sintoísmo profesados por miles de millones de personas.

Lo más extraño de todo lo anterior es que los dioses nacen y mueren, tal como los pobres mortales. Dominan por una temporada, por lo general, durante el tiempo que los impone un imperio y luego mueren. Finalmente su representación escultórica queda para ser criticadas en algún museo, o en el jardín de un palacio o mancillados por los distritos de las gallinas puercos en algún patio olvidado. Lo más sorprendente de todo esto, es  que los problemas de la Tierra, en vez de disminuir, han aumentado. Los terremotos no dejan de destruir parte de poblaciones, las epidemias cambian de nombre pero siguen asolando la población, las tormentas no dejan casas ni edificios parados, los hombres, los pobres mortales, no han dejado de cometer tantos pecados veniales como  mortales, a pesar de la ira de Dios o de los dioses; las guerras no paran, la mortalidad infantil sigue siendo un problema, y las  hambrunas y su fatales consecuencias no es cosa del pasado, es cuestión del presente. Todavía la gente se muere de hambre a pesar de los gastos en armas de los países más poderosos económicamente.  El mundo cada día se hace más inhabitable consecuencia de los abusos ambientales por parte de los humanos, sin embargo, la gente se aferra a Dios para que la divinidad resuelva los problemas.

Recuerdo una oportunidad  durante un paseo con mi sobrina Selene por un hermoso parque. Mientras conversábamos animadamente sobre la belleza del lugar la niña me hizo una pregunta:

 – Tío, tú que has estudiado y has vivido más que yo debes saber sobre muchas cosas.

Me dio risa la disertación de Selene, dado que los humanos ignoramos mucho más de lo que sabemos, dado que en nuestra corta vida, un suspiro histórico, muy poco es de lo que podemos enterarnos. Con el fin de mitigar mi curiosidad esperé alguna precoz interrogante a la que me tenía acostumbrado.

 – ¿Cuál es la edad del sistema solar?

Me extrañó su preocupación y no tuve más que responder.

– Selene, no existe una edad real del universo, solo se tiene aproximaciones y cada vez los científicos revelan nuevas cifras. La última que conozco es de más o menos cuatro mil quinientos millones de años.

– Y eso es mucho tiempo.

Sabía que mi sobrina, a pesar de su precocidad, no le cabía en su cabecita esa cifra tan enorme. A manera de ejemplo le contesté:

 – Imagina paradas frente a ti a cuatro mil quinientas personas y detrás de cada una de ellas un millón de individuos. Es bastante, mucha gente.

Selene dirigió su mirada hacia el cielo, quizás intentando descifrar mi comentario. Una vez que supuse desvelada su curiosidad, continuó con el interrogatorio. 

 – Tío ¿Cuántos años tiene el Dios de los cristianos?

Si la primera pregunta me sorprendió, la segunda me asombró mucho más,  por fortuna, por ser un vicioso de la lectura conocía algo del tema.

– Si se toma el tema que el dios judío es el mismo dios de los cristianos y el mismo de los musulmanes, hay eruditos que afirman que desde la creación del judaísmo hasta esta fecha han transcurrido casi seis mil años.

Ciertamente todo el mundo suspira por que sus hijos sean precoces y en ciertos momentos, como este,  precocidad en una niña más que un anhelo se convierte en una impaciencia. En verdad, no esperaba la disertación de Selene.

– Bueno tío, según mi apreciación los dinosauros no conocieron a Dios.  Tampoco supieron de él los hombres, mujeres y niños que vivieron hace cincuenta mil años, entonces, si Dios siempre ha existido te pregunto ¿de qué de que se ocupaba Dios en ese tiempo?

Que le podía responder a Selene sobre un tema tan escabroso. Como no tuve un argumento convincente que fuera de su entendimiento, por los momentos, solo me quedó responderle:

 – Dios estaba descansando.

Recordé aquel paseo y la conversación que mantuvimos Selene y yo y mientras tecleaba este artículo y ante las funestas calamidades de la Tierra, solo logré atinar. "Parece que Dios todavía está descansando". 

   


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