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De los pueblos, de las razas y de los hombres elegidos

Enoc Sánchez

tolomeo286@gmail.com

“Habló Yahveh a Moisés en las estepas del Moab, junto al Jordán, frente a Jericó diciéndole; Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis pasado el Jordán hacia la tierra de Canaán, debéis arrojar de delante de vosotros a todos los habitantes del país, destruir todas sus imágenes, todas sus estatuas de metal fundido, y demoler todos sus lugares altos. Poseeréis la tierra y habitantes de ella, pues os las he dado para que la poseáis. Os la repartiréis a suerte, según vuestras familias….” Así fue cómo, dónde y cuándo comenzó la catástrofe mil milenaria.

Lo anterior es un párrafo del Viejo Testamento, en el capítulo Números, versículo 50 (Repartimiento de la tierra prometida). Esto nos muestra como una deidad sin condición natural y mucho menos jurídica, le arrebata a un pueblo sus tierras, les destruye sus templos y acaba con parte de su población, además, le entrega una comarca ajena a las tribus de Israel. Evidentemente, para aquella época no existían ni agrimensores ni teodolitos que dejaran en claro las demarcaciones de los territorios arrebatados. Simplemente Moisés dijo, esta vaina es de nosotros y así se quedó. Se había alcanzado la Tierra Prometida para entregarla al pueblo elegido por  Yahveh, un ente que ningún cananeo ni moabita habían visto ni oído jamás en su vida.

El anterior despojo fue de carácter bíblico y por ser un paradigma divino nadie podía inmiscuirse. Más de tres mil años después, la ONU, en el 1948, una entidad con respaldo jurídico y previa negociaciones acordadas con el gobierno británico en 1917, decide entregar el territorio de Palestina a Israel, una región que no era propiedad de esa empresa transnacional (ONU). Esta donación se hace  al pueblo judío en resarcimiento por el genocidio cometido por los nazis, un conflicto que nada tenía que ver con el pueblo árabe. Gran Bretaña abandona el protectorado y se lo  dona a Israel. ¡Qué mala leche la del pueblo palestino!  De esta manera los palestinos se vieron despojados de más del cincuenta por ciento de su territorio. Mientras tanto, Alemania (responsable principal de la hecatombe) y los países europeos, indiferentes ante la inmolación de los hijos de David, no cedieron ni un milímetro de sus geografía para la conformación del estado sionista. Vainas de la política internacional y de los negocios que hacen los gobernantes a escondidas de sus pueblos.  

No sólo Israel se autoproclamó como el pueblo elegido por Dios para recibir el mensaje divino, existen en EEUU algunas organizaciones cristianas que afirman que esta nación tienen una misión divina, como es la de promover los valores cristianos y de lucha contra los oponentes de los Estados Unidos.

Lamentablemente para la humanidad, no sólo existen pueblos elegidos, así mismo, también se sabe de las razas elegidas. Durante cientos de años los blancos se consideraron la raza elegida o la etnia elegida, tal como se refiere ahora. Es bueno recordar que durante la conquista española los intrusos estaban convencidos que los indios y los negros carecían de alma, dado que únicamente los blancos eran los poseedores de ese extraño adminículo etéreo, el alma, el cual se concentraba y se santificaba en algún lugar del cuerpo mediante el bautismo. Imposible olvidar que  los nazis daban por sentado que la raza aria era superior en inteligencia y pureza. Aseguraban que su misión en el planeta Tierra era sojuzgar a las demás razas “inferiores”. En verdad, con relación a los blancos,  juzgo que la cosa no cambió. Es notorio el desprecio que muchos níveos europeos sienten por los latinoamericanos, a tal grado que utilizan el despectivo de “sudacas” para referirse a nuestros compatriotas. Qué decir de los cultos blancos, ricos y cristianos estadounidenses, fundadores del kukuxklán, una hermandad creada para acabar con los negros y actualmente, tienen  el propósito de eliminar a los emigrantes suramericanos. No sólo por estos andurriales se percibe la discriminación étnica. Cómo olvidar la guerra entre los hutus y los tutsis en Burundi, África, un territorio donde los odios enraizados entre los dos pueblos desencadenaron una sanguinaria matanza alimentada por las empresas belgas, únicamente para manejar el negocio de los diamantes. Tampoco podemos dejar de lado la supuesta supremacía racial de los japoneses quienes dominaron y esclavizaron a los coreanos y chinos, en vista de que los nipones también se asumieron como la raza (etnia) privilegiada por una divinidad.

De los hombres escogidos por dios hay mucha tela que cortar. Podemos remontarnos a la época de los faraones del antiguo Egipto. La historia nos revela el carácter divino de estos gobernantes: o encarnaban algún dios o por lo mínimo, eran hijo de cierta deidad de las tantas que existieron en los territorios  bañados por el Nilo. La historia antigua griega nos relata que esta modalidad continuó y era frecuente encontrar a un gobernante hijo de dios o el más descastado, un semidiós, hijo de un(a) terrenal con un diosa (dios). El Imperio Romano no se quedó atrás en esta modalidad. Casi todos sus cónsules o emperadores tenían un carnet que los acreditaba como dios, es el caso de Julio César y Augusto (Octavio). Ambos exhibieron su credencial divina, certificada con la testa coronada con una rama de laurel. Como esta práctica se fue haciendo algo descarada, lo del carnet divino lo cambiaron por la del elegido, tal como el rey David. Este ungido, en connivencia con Jehová, reinó sobre el pueblo favorecido para llevar el mensaje divino. Hasta el mismo Jesús no se escapó de este recurso. Para darle un aura de misterio indescifrable a su nacimiento los profetas vaticinaron la llegada del hijo de Dios, con una particularidad: el avenido no sólo era el hijo, también era el padre y el mismo espíritu santo, los tres encarnados en una misma persona. Un triple y enigmático enredo.

Durante la Edad Media y parte del Renacimiento no hubo rey europeo que no fuera coronado por un obispo o un papa, en el entendido que dicho rey, el elegido, era investido por la divinidad de los católicos y gobernaría en nombre dios. Hasta los papas son ungidos por dios, dado que al final de la elección papal, durante el conclave, el espíritu santo le embadurna la cabeza al cardenal más votado. Será que, por su carácter divino o por  ser un empelado de confianza de Dios, es que el papa asume su papel. Por esta razón, al igual  como lo hizo Yahveh  con la tierra de Cannán, el papa Alejandro VI le concedió las tierras descubiertas y por descubrir del Nuevo Mundo a los reinos de la península ibérica (España y Portugal). Actualmente todavía persisten los gobernantes u hombres elegidos. Es el caso de G. W. Bush, quien en un momento de éxtasis divino conversó con Dios y este le envió un mensaje: tienes que bombardear y acabar con los pueblos árabes. Quizás el genocida Netanyahu es un enviado de Yahveh y su misión es continuar con la misión de Moisés, completar  el despojo de la ONU y poner en práctica la solución final del pueblo palestino. Es el procedimiento nazi-sionista para acabar con los hijos de Mohamed.   

¡Basta de pueblos, etnias y hombre elegidos! Dejemos a Dios hacer lo que le corresponde, como es la de captar y salvar las almas y no la de regalar tierras de manera divina, ni mucho menos obsequiarlas a través de sus ejecutivos terrenales de su confianza. La historia de la humanidad está llena de dioses, la mayoría de ellos han desaparecido y por desgracia, renacen otros. Al final, muchas de sus estatuas reposan en diversos museos, o en los jardines del algún palacio europeo, así como también, en un corral olvidado, manchadas por la pátina del tiempo o, en peor de los casos, afrentadas por los detritos de las gallinas y de los puercos.

Pareciera que Obama ocupa ahora el puesto de su colega Bush, demostrándole a   la humanidad que el premio nobel de la paz no es más que un amuleto de la mala leche para los pueblos del mundo. No soy racista, mucho menos antisemita dado el respeto que me merecen los hijos de David. Quiera dios, que es el mismo dios de los judíos, el de los cristianos y el de los islámicos, que las nuevas generaciones de palestinos nunca piensen que Hitler tenía razón. Si esto sucediera, la culpa de tal ignominia la tendrían Netanyahu y Obama, los nuevos los elegidos de dios.  


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